En el principio, el cerebro creó el cielo y la tierra

Tercera Cultura

02 de Marzo del 2015

El experimento que iban a realizar los científicos de la Universidad de Duke era bastante sencillo para las conclusiones que iba a generar. En palabras del profesor de neurobiología Miguel Nicolelis, que participó en la investigación, aquello iba “en contra de todo lo que estudiamos en los textos de neurociencia”. 

Los científicos colocaron a dos monos frente a una pantalla de televisión; los monos veían su brazo en la pantalla; una pelota golpeaba el brazo. Los científicos observaban cómo reaccionaba el cerebro de los monos.


Lo que los monos no podían saber es que el brazo que veían no era el suyo, sino una imagen de ordenador. Cuando el simio veía que el brazo de la televisión era golpeado por la pelota, un científico tocaba el brazo real para crear la ilusión de identidad.


Tras varios golpes, los monos seguían viendo las imágenes, pero ya nadie tocaba sus brazos. Las neuronas del sistema somatosensorial respondían a los golpes en el brazo virtual como si del propio brazo se tratase.


El sistema somatosensorial es el encargado de actualizar la información del tacto, el dolor, la temperatura y la presión. Según la creencia más extendida, esta información es captada por las ramificaciones nerviosas bajo la piel y transmitida en forma de señal eléctrica a la corteza táctil del cerebro.


Sin embargo, si la corteza visual tiene alguna información que se cruza con los datos anteriores, éstos no servirán de gran cosa. Al contrario, la supuesta información recogida en la piel será modificada de acuerdo a lo que muestra la vista.


El cerebro trabaja con modelos del mundo. Eso incluye el propio cuerpo. Para que una información sea útil, ha de estar reducida y organizada como un esquema frente al texto original, como un mapa frente al territorio. El esquema que el cerebro tiene de la realidad sigue esta pauta. Su interés no es la verdad, sino la supervivencia.


Los clásicos diagramas del doctor Penfield muestran, por ejemplo, que el cerebro dedica una importante cantidad de energía al control de manos y boca, debido a su importancia para la supervivencia del organismo, mientras que apenas se preocupa de la espalda. Si se puede traducir a imágenes, el modelo de cuerpo con que trabaja se parece más a una pintura surrealista que a la imagen de proporciones clásicas que nos acompaña a diario.


En el principio, el cerebro creó el cielo y la tierra


En su lucha por la supervivencia, el cerebro humano cuenta con la capacidad de anticipación. Los modelos que imagina le sirven para planear acciones y analizar las alternativas que tiene en cada situación. Es decir, inventa historias para sobrevivir.


Si sobrevive, es también gracias al grupo. El homo sapiens es un ser social. Los modelos que su cerebro inventa deben ser comunicados. Pero una parte de ese cerebro, el hemisferio derecho, carece de la capacidad para el lenguaje. No puede comunicar con medios racionales lo que procesa.  


El hemisferio izquierdo tiene la necesidad de crear una explicación; cuando recibe la información del hemisferio derecho, no duda en inventar respuestas lógicas. Cualquier cosa antes que dejar un suceso sin esclarecer. Y la habilidad es tal que, incluso en personas con cerebros divididos, sin comunicación entre los dos hemisferios, resulta difícil detectar el ardid. Salvo en condiciones de laboratorio.


Michael Gazzaniga, profesor de la Universidad de California en Santa Bárbara, ha estudiado a personas cuyos hemisferios están incomunicados. El hemisferio izquierdo no tiene acceso a la información que maneja el derecho. No puede elaborar una explicación racional y la persona se siente extraña ante sus actos. El por qué y el para qué se descubren preguntas absurdas. Las respuestas a tales preguntas aparecen como lo que son en todos los seres humanos: invenciones  a posteriori.


Necesitamos historias. La mente narradora establece relaciones de causas y efectos. Hace que nuestras vidas sean coherentes, ordenadas y que, por tanto, puedan tener un sentido. El problema es que, casi siempre, la mente narradora inventa el sentido.


Cualquier persona a la que se le dé una serie de datos al azar tenderá a buscar las conexiones entre tales datos. En el experimento de Heider y Simmel de 1944, los participantes asistieron a la proyección de formas geométricas simples -cuadrados, círculos, triángulos- que se movían por una superficie plana. Sólo tres de los ciento catorce participantes en el estudio ofrecieron una respuesta “razonable” a la pregunta sobre qué habían visto; es decir, sólo tres personas dijeron haber contemplado figuras geométricas moviéndose por la pantalla. El resto declaró haber asistido a una historia de buenos y malos con princesas, secuestradores, héroes y demás.


En otro experimento, el de Kuleshov, los participantes han de describir la expresión del rostro de un actor que aparece tras las diferentes escenas que se proyectan. La audiencia ve que el actor está triste cuando aparece un ataúd, o hambriento ante un plato de sopa, o sexualmente atraído ante una mujer hermosa. Pero la cara del actor no cambia nunca, es la misma en todas las proyecciones. La necesidad de crear una historia hace que el público encuentre sentido al montaje.


¿Quién es el director de estos montajes cerebrales? Los escáneres que estudian el soporte de la mente describen una corporación. Miles de voces compiten entre sí por influir en la dirección y se eliminan unas a otras en una escala jerárquica que finaliza en el director ejecutivo: el córtex prefrontal.


Esto significa que una inmensa cantidad de información es inconsciente, o sea que no llega a oídos del director ejecutivo. Debido a la enorme cantidad de energía que consume la actividad consciente, y por el bien de la supervivencia, el córtex prefrontal sólo se puede concentrar en los datos vitales para cada momento; de lo contrario, quedaría saturado con información superflua.


El número de decisiones que toma el córtex prefrontal es ridículo en comparación con el total. El gasto de energía está limitado por una cuestión biológica: si se consumiera más, el calor desprendido dañaría los tejidos de manera irreversible.


Esta limitación energética es la que obliga a filtrar la información proporcionada por los sentidos; en el caso de la vista, por ejemplo, las imágenes sólo resultan nítidas en el foco de atención, el resto está difuminado para ahorrar energía, y, de ese foco, otra buena parte es una recreación cerebral: el cerebro no procesa toda la información que llega de la retina, sino que rellena el contenido a partir de unos pocos perfiles para ahorrar tiempo y esfuerzo.


Además de inventarse el color –los sensores de la retina sólo pueden detectar el rojo, azul y verde, el resto aparece en el cerebro tras mezclar este sus diferentes intensidades—, el cerebro también inventa la perspectiva en tres dimensiones: debido a su separación, cada ojo recibe una imagen diferente. El cerebro combina ambas perspectivas en una sola que ofrece la ilusión de profundidad.


¿Cómo se prueba esto? Volvamos al principio, a los monos, y desviémonos hacia un experimento casero. Coloquémonos un folio enrollado a manera de telescopio frente a un ojo. Miremos a través del cilindro, pero no cerremos el otro ojo como solemos hacer. En lugar de esto, pongamos la palma de la mano junto al cilindro, a la mitad más o menos, y observemos con los dos ojos abiertos. Aguantemos el leve mareo. En cuestión de segundos, estaremos contemplando el mundo a través de nuestra mano agujereada.


¿Y si no supiéramos cómo hemos llegado a tal visión? ¿Y si nos hubieran gastado una broma mientras dormíamos y, al despertar, tuviésemos que tratar de averiguar por qué nuestra mano está agujereada? Puestos a preguntar, un paso más: ¿y si nos hubieran borrado todos los recuerdos anteriores al sueño y aceptáramos que las manos agujereadas son parte de la realidad?


Si alguien insinuara que se trata de una ilusión, ¿acaso le tomaríamos en serio frente a lo que contemplamos como obvio? Podríamos tratar de introducir el dedo a través de la mano. Al no conseguirlo, ¿cuántas explicaciones seríamos capaces de maquinar, cuántas historias coherentes nos mostrarían campos de fuerza que impiden atravesar el agujero que se abre ante nuestros ojos? Con el tiempo suficiente, podríamos incluso establecer leyes para el comportamiento de la materia transparente, algún tipo de elemento consistente cuya propiedad fuese dejar pasar la luz.


La de la ilusión sería la última de las opciones tras haber jugado con todas las posibilidades narrativas de nuestra mente en un mundo tan real para nuestros sentidos.


El pensamiento es un proceso desordenado, no hay una base central que toma las decisiones y ordena ejecutarlas, sino una maraña de voces que compiten entre sí por hacerse con el control. Cuando una de ellas se impone, provoca una acción, el cerebro busca una explicación racional que ignora a todas las demás y crea la ilusión de un “yo” que está a cargo de todo. Pero esta explicación aparece cuando los hechos ya han sido consumados.


Por supuesto, fuese cual fuese la historia, estaríamos experimentando la realidad. Una punzada en el dorso de la mano nos dolería, sí, pero no sabríamos la causa real de ese dolor que se manifiesta justo en el agujero donde no hay nada. ¿Acaso un universo holístico donde todo está conectado?, se preguntarían los insatisfechos con las explicaciones oficiales sobre el comportamiento de la materia transparente.


El mundo, en fin, es un inmenso y sobrepoblado taller de literatura. Y todos creen que su historia es la mejor.


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Fotos libres de derechos de uso. Fuente Wikipedia


http://commons.wikimedia.org/wiki/File:1421_Sensory_Homunculus.jpg





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El Autor

Rafael García del Valle

Rafael García del Valle

Rafael García del Valle es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. En sus artículos, publicados principalmente en su blog Erraticario, nos ofrece el resultado de una tarea apasionante: investigar, al amparo de la literatura científica, los misterios de la inteligencia y del universo.